Por Gonzalo Villanueva / CEDIL
El dato es lapidario y debe leerse con frialdad. Mientras Saltillo presume su posición general su Producto Interno Bruto (PIB) apenas creció 0.7% en el periodo evaluado. Esa cifra representa una caída estrepitosa que debería encender todas las alarmas en el despacho económico estatal.
En apenas dos años esta ciudad descendió 48 lugares en el rubro de crecimiento económico desplomándose de la posición 18 a la 66 de un total de 74 ciudades medidas.
El derrumbe es el correlato estadístico de la fragilidad industrial experimentada durante el último año, un periodo marcado por la pérdida de más de 22 mil empleos formales en 2025 y un choque sectorial que golpeó la columna vertebral de la economía regional. Saltillo, otrora motor pujante, parece estar operando con un motor sobrecalentado y sin combustible nuevo.
La realidad incómoda
La narrativa oficial suele omitir este desplome cuando presume el ranking general, pero la evidencia del Instituto Mexicano para la Competitividad, AC (Imco) es contundente. El “milagro” industrial de Saltillo, basado en la llegada de grandes capitales, enfrenta hoy un proceso de desaceleración que evidencia la vulnerabilidad de una economía excesivamente dependiente de la manufactura automotriz.
Esa dependencia, que fue su mayor fortaleza durante décadas, se está convirtiendo en su talón de Aquiles ante los cambios en las cadenas de suministro globales y la incertidumbre arancelaria.
No obstante, el Índice de Competitividad Urbana (ICU) 2026 también confirma la otra cara de la moneda: la solidez del mercado laboral formal. Con una tasa de informalidad de 25.5%, la más baja de todo el país, Saltillo opera en un ecosistema lejos de la media nacional. Es el resultado directo de una estructura industrial concentrada en gigantes como General Motors, Stellantis y Whirlpool, además de una vasta cadena de proveedores Tier 1 y Tier 2 que logran captar a la fuerza laboral bajo esquemas de formalidad masiva.
Sin embargo, aquí surge una pregunta obligada: ¿de qué sirve tener una de las poblaciones más formalizadas si el crecimiento económico está estancado? Los saltillenses con empleo formal son, indiscutiblemente, altamente productivos. Con una productividad laboral de 583.6 pesos por hora trabajada, el tercer lugar nacional y el primero entre las ciudades de más de un millón de habitantes, queda claro que el problema es sistémico: se produce mucho, se trabaja con intensidad, pero el valor agregado no se traduce en el dinamismo económico que la ciudad experimentaba apenas hace 24 meses.
Fotografía nítida y sin filtros
A la par de estos claroscuros económicos, la seguridad se mantiene como el bastión que apuntala la confianza para la inversión. Con la quinta mejor tasa de homicidios y robo de vehículos a escala nacional, la ciudad se consolida, por mérito propio, como un enclave seguro. Saltillo ofrece una estabilidad que pocos pueden garantizar. No obstante, la seguridad no puede ser la cortina de humo que tape las carencias en otros servicios básicos.
Es precisamente en este punto donde la narrativa gubernamental choca contra la pared de la evidencia: el informe del Imco expone dos flancos críticos que el discurso oficial prefiere mantener en la penumbra. Primero, la crisis de salud pública: con apenas 33.7 trabajadores del sector por cada 10 mil habitantes, Saltillo se hunde en la posición 64 de 74; es decir, estamos ante una de las ciudades con peor acceso a servicios de salud de todo el país.
Segundo, el abismo de confianza ciudadana: 75.1% de los saltillenses percibe que las prácticas corruptas son frecuentes en las instancias estatales. En este renglón la ciudad ocupa el quinto lugar nacional de percepción de corrupción. ¿Cómo es posible que una ciudad tan competitiva tenga índices de corrupción que la colocan casi al nivel de las zonas más opacas del territorio nacional?
En suma, el ICU 2026 nos entrega una fotografía nítida y sin filtros de la capital coahuilense. Saltillo es hoy una ciudad que presume de vanguardia en indicadores de seguridad y formalidad, pero que al mismo tiempo revela un modelo donde la productividad de élite convive con la carencia de servicios de salud básicos y una desconfianza institucional profunda.
La competitividad no puede sostenerse perpetuamente sólo con el músculo industrial ni con la inercia de los grandes corporativos. La verdadera medición del éxito se inscribe en la calidad de su atención médica, en la transparencia de su gobierno y en la capacidad de su economía para volver a crecer. Si el modelo saltillense no se diversifica y no atiende sus flancos sociales, la medalla de plata de la “competitividad” podría terminar siendo, a la larga, un ornamento de poco valor frente a una realidad desgastada.
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